Pashedu en adoración
Pashedu en adoración

 

Los antiguos egipcios creían que el universo consistía en un equilibrio perenne de fuerzas opuestas. El mal, pues, tiene su lugar indicado y es contrarrestado –y mantenido en su lugar- por el bien. La diferencia respecto a la religión bíblica es muy acusada en este aspecto. Muchas palabras egipcias denotan actos malos, pero dudo que ninguna pueda traducirse por “pecado”, si concedemos a esta palabra su connotación propiamente teológica.

El egipcio veía sus malas acciones no como pecados sino como aberraciones. Le acarrearían desgracias porque perturbaban su integración armónica al mundo existente; incluso podrían ser desaprobadas explícitamente por alguna deidad, pero éstas se muestran siempre dispuestas a dar  la bienvenida a una reconsideración:

 

“Aunque el sirviente estaba predispuesto a hacer el mal, ahora está el Señor dispuesto a perdonar. El Señor de Tebas (Amun) no se pasa todo el día encolerizado; su cólera concluye en un momento, y no queda nada de ella.”

 

Especialmente significativo es que los egipcios no diesen nunca muestras de considerase indignos de la merced divina. En efecto, el que yerra no es un pecador, sino un loco, y su conversión a un tipo de vida mejor no requiere el arrepentimiento sino una mejor comprensión. Cuando Amenemope afirma:

 

“Dios está en su perfección, el hombre en su impotencia.”

 

El contraste es un simple juicio de hecho que carece completamente de la dramatización profundamente turbadora que tendría en un contexto bíblico. Simplemente expresa una situación existente y advierte al hombre contra el exceso de confianza.

En el universo egipcio el hombre tenía su lugar, obviamente, por debajo de los dioses. El mandato del Antiguo Testamento de que el hombre debe ser “santo” (por ejemplo, Éxodo 19:6) o la terrorífica exhortación de Matero 5:48: “Sed, pues, perfectos, como perfecto es vuestro Padre celestial”, habría parecido al antiguo egipcio una mera confusión de papeles.

La falta de visión o de autodominio son para el hombre una fuente de desgracias, pero no el fundamento de su corrupción. Además, el egipcio sabía que no todos los hombres desean seguir el camino de la armonía mesurada que conduce a la felicidad. Admitían, por lo tanto, algo parecido a la gracia divina; o más bien, al modo de los griegos, ponían el acento en lo contario, al afirmar que los dioses cegaban a aquellos que deseaban destruir. En Egipto, el hombre predestinado a perderse es sordo a las enseñanzas de los sabios; se convierte, en palabras de Ptahhotep, en “alguien que no oye”:

 

“Aquel a quien el Dios ama, le escucha; pero aquél a quien el Dios odia no le escucha. Es el corazón el que hace que su poseedor sea alguien que escucha o alguien que no escucha. El corazón es la fortuna del hombre (…) Pues para un loco que no escucha, no puede hacer nada en absoluto. Este considera el conocimiento como ignorancia y el bien como mal. Vive de aquello de lo que se muere, su alimento es la falsedad.”

 

La mentira, la falsedad, el desorden, lo opuesto a ma’at, es aquello de lo que uno muere. Hace que la vida sea imposible. Amenemope aclara cómo hay que interpretar esto:

 

“No hables a un hombre en falsedad –abominación de Dios-, no separes el corazón de tu lengua, y todos tus caminos tendrán éxito.”

 

No interpretemos esta “enseñanza” como un fragmento de oportunismo superficial, del tipo “ser honrado sale a cuenta”. El comentario de Ptahhotep de que la mentira es aquello “de lo que se muere” indica el argumento que subyace a la afirmación de Amenemope. La mentira (gereg) se opone a ma’at; es el caos, “abominación del Dios”, aquello que es siempre derrotado en el orden del Universo. De ahí que para el hombre sea fatal identificarse con ella. Mas así ocurre cuando actúa deshonestamente, cuando “separa el corazón (ib) de su lengua”; en consecuencia, no puede ser efectivo cuando hace esto (aclaración: los egipcios consideraban que el pensamiento, la sabiduría, la memoria, las emociones y la personalidad estaban en el corazón (ib), no la víscera (hat), sino el corazón-conciencia que no es físico, es espiritual).

Éste es el significado de la palabra “éxito” en nuestra cita, según demuestra el ejemplo concreto con que Amenemope continua su “enseñanza”. No simules amistad hacia el enemigo:

 

“No le digas ‘¡hola!’ en falsedad cuando hay terror en tu vientre.”

 

Porque no saldrás bien parado. Por otra parte, no escondas tu convicción cuando los demás estén en desacuerdo; ten entereza y actúa:

 

“Sé decidido ante los demás, pues se está a salvo en la mano del Dios; odiado del Dios es el falsificador de las palabras, su gran abominación es el hipócrita. (…)”

 

El odio del Dios hacia el hipócrita no es una fuerza ética, sino cósmica. Ésta destruye al hombre deshonesto, no porque actúe contra un mandato divino, sino porque no está en armonía con ma’at, el orden universal. ¿Pero no es destacable que ninguno de los Dioses sea citado por su nombre en las “enseñanzas”? Cuado los egipcios invocan a “Netjer”, es decir, al “Dios con el que tienes que contar en todas las circunstancias”, imparten al interés divino por la conducta humana un carácter distintivamente impersonal. Todo el panteón, cada uno de los Dioses, requiere una conducta “correcta”. Un individuo podía sentirse más íntimamente relacionado con una deidad que con otra, pero el carácter personal de esta relación venía determinado por el creyente, no –como en la Biblia-  por la divinidad. Los dioses difieren, pero estas diferencias no son esenciales; todos los dioses actúan dentro de un orden establecido; todos “viven por la ma’at” y, en consecuencia, todos odian la “no verdad” (isfet).

En el pensamiento egipcio, Ma’at, mediaba entre el hombre y los dioses. En general, cuando alguien se equivocaba, no cometía, en primer lugar, un crimen contra un Dios; actuaba contra el orden establecido, y un Dios y otro se ocupaba de defender ese orden. No hallamos en Egipto el violento conflicto que es característico de la religión bíblica. El hombre no es contemplado en rebelión contra el mandato de Dios ni experimenta la intensidad y la variedad de sentimientos, desde la constricción hasta la gracia, que caracteriza a los principales personajes del Antiguo y del Nuevo Testamento. Por lo mismo, el tema de la ira de Dios es prácticamente desconocido en la literatura egipcia, pues el egipcio, en sus aberraciones, no es un pecador a quien Dios rechaza, sino un ignorante que es castigado y corregido.

Esto queda bien ilustrado por el siguiente himno, escrito por un trabajador de la necrópolis de Tebas después de haber sido curado de una enfermedad:

 

“Yo era un hombre ignorante y loco, que no conocía ni el bien ni el mal. Me esforcé denodadamente por transgredir contra El Pico y Ella [se refiere a la diosa Meret-Seger] me castigó. Yo estaba en su mano día y noche.  

(…)

 ¡Mira! Diré a grandes y pequeños que hay entre los trabajadores: ¡Cuidado con El Pico! Pues hay un león dentro del Pico. Golpea con el golpe de un león salvaje. Persigue a aquél que comete falta contra Ella.

Llamé a mi Señora; y vi que vino a mí con dulces aires; fue misericordiosa conmigo, (después) de hacerme contemplar su mano. Volvió a girarse hacia mí en su misericordia: me hizo olvidar la enfermedad que estaba en mí.”

 

Pero otro se dirige al Dios solar así:

 

“¡Tú solo y único, Ra-Heru-Akhety, como no existe otro igual! ¡Tú que proteges a miles y liberas a cientos de miles! ¡Tú salvador de quien por ti implora, Señor de Heliópolis! No me castigues por mis muchos delitos. Yo soy aquél que se ignora a sí mismo. Yo soy un hombre estúpido. Durante todo el día sigo a mi boca como un buey a su yunta.”

 

Y otro hombre invoca a Amun:

 

“Tú eres [Amun], Señor de aquél que está en silencio; que vienes a la voz del hombre humilde. Yo te invoco cuando estoy afligido: ven para que puedas salvarme; para que puedas dar un respito a aquél que es desdichado; para que puedas salvarme, a mí que estoy en cautiverio.”

 

La diferencia entre estos textos no reside en la imagen que dan de las diferentes deidades, sino en aquello que el devoto da de sí mismo. Y ahí nos encontramos con el mismo punto de vista que en las “enseñanzas”, aunque estas últimas estuvieran dirigidas a un público educado y los himnos pertenecieran a la esfera de la literatura popular. En estos himnos los hombres describen sus faltas como una consecuencia de la ignorancia; cuando tienen un buen concepto de sí mismos, dicen ser como el “hombre silencioso”. Y los textos no establecen para nada los caracteres distintivos del Dios concreto al que se dirigen.

 

Hay unos pocos documentos excepcionales entre estos himnos populares. En lo que se refiere a la necesidad de las sanciones divinas y el apoyo a la línea de conducta a la que, aunque se sabía que era buena, era sin embargo difícil adherirse, esta necesidad era a veces tan grande que no podía satisfacerse por la conexión ampliamente generalizada entre los dioses egipcios y el código moral. En algunos casos, por lo tanto, los dioses recibían atributos que sólo tienen una justificación emocional, no teológica. El siguiente himno, dirigido a Djehuty, nos permite exponer con gran claridad esta elaboración peculiar de los temas habituales. Djehuty es patrono de los escribas, se manifiesta en la luna y le representan el ibis y el babuino. Djehuty está totalmente desconectado de la vegetación o del poder del agua. Pero algunas imágenes derivadas de esa esfera de la vida natural desempeñan una función predominante en el poema que un escriba dirigió al Dios de su profesión. El poema comienza destacando la protección de Djehuty sobre los escribas:

 

“Oh Djehuty, llévame a Hermópolis, a tu ciudad, donde es agradable vivir. Tú satisfaces mis necesidades con pan y cerveza y vigilas mi boca cuando hablo. ¡Quisiera tener a Djehuty detrás de mí mañana (cuando muera)! Ven a mí cuando vaya ante lo Señores de Ma’at (los jueces del Más Allá) y así saldré justificado. Tú, gran palmera de sesenta codos de altura donde están los frutos; las semillas están en los frutos y el agua en las semillas. Tú que traes el agua a un lugar distante, ven a salvarme, al hombre silencioso. Djehuty, dulce pozo para el que tiene sed en el desierto; cerrado para el que habla, pero abierto para el que calla. El silencioso llega y encuentra un pozo. El apasionado llega y tú estás oculto,”

 

El último verso muestra que la elaborada imaginería del poema sirve para establecer una oposición entre el hombre apasionado y el hombre silencioso en relación con el Dios con que el escriba está estrechamente relacionado. Sus sentimientos evocan imágenes de un gusto delicioso: la sombra de la palmera y el agua fría del pozo. De ahí el progreso de la asociación de las imágenes: la palmera de gran altura; el fruto; los granos jugosos de la fruta; el jugo que refresca la sed; el pozo del que el hombre “correcto”, el hombre “silencioso”, obtiene su fuerza y su consuelo.

 

 

 

Texto extraído de: “Ancient Egyptian Religion. An Interpretation”, Henri Frankfort.

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