tyet Un mago egipcio pasa una buena parte de su tiempo haciendo nudos. Un nudo mágico es un punto de convergencia de las fuerzas que unen el mundo divino y el mundo humano. Los capítulos 406-408 de los Textos de los Sarcófagos son fórmulas para conocer los siete nudos de la vaca celeste. Servirán al mago para el manejo de la barcaza en la que atraviesa los espacios celestes. Restituyen el cuerpo sano y vigoroso.  Por otra parte, los nudos celestes encuentran su correspondencia en los “nudos” del cuerpo humano, los puntos sensibles donde se encuentran los flujos energéticos de los que depende nuestra existencia.
 
Algunas fórmulas, como las del Papiro Mágico de Londres y de Leiden constituyen precisiones técnicas. Se habla del nombre, del color. Lo que está atado en la tierra lo está también en el cielo, y a la inversa. Cristo retomará a su vez esta idea simbólica cuya huella puede encontrarse en los papiros mágicos coptos. “Impulso voz para alcanzarles, declara el mago a los poderes, a ustedes que desatan cuerdas, nudos y cadenas para que desaten por siempre sus cadenas”.
 
La magia de los números es indisociable de la de los nudos. El número está considerado como un nudo abstracto. Falta todavía un estudio en profundidad del simbolismo de los números en el Antiguo Egipto. Sin embargo, están presentes a cada momento, incluso en la magia de Estado. Uno de los mejores ejemplos es el de un altar de culto en Heliópolis, una mesa de ofrendas formada por cuatro mesas unidas sobre las cuales se colocan unos panes que sirven para delimitar las cuatro direcciones del espacio, los “cuatro Orientes”. Dicho de otro modo, el cosmos está organizado a partir de una unidad central que sólo se concretiza con la ofrenda a los dioses. En la religión cósmica como era la de Heliópolis, el Cuatro era el número de la eficacia, de lo concreto, de la eficiencia.
 
El siete es sin duda el número citado con más frecuencia. Cuerdas de siete nudos, siete anillos de piedra y de oro, siete hilos de lino… serían necesarios una gran lista de ejemplos. El Papiro Mágico de Leiden evoca un ritual en el que le Siete está siempre presente. Se eligen siete ladrillos no utilizados antes. Se les manipula sin que toquen la tierra y se les dispone de forma ritual, conservando su estado de pureza en todo momento. Tres sirven de soporte a un recipiente que contiene aceite, y los otro cuatro son situados alrededor de un médium. Se colocan entonces siete panes puros, siete bloques de sal y un plato nuevo lleno de aceite de los Oasis. Todo debe estar dispuesto alrededor del recipiente que contiene aceite. El mago hace extenderse al médium boca abajo. Pronuncia un encantamiento mientras él mira fijamente el aceite, siete veces. Hasta la hora séptima del día, se le plantean todas las preguntas que se quiera.
 
 
Extraído del libro de Christian Jaqc, “El saber mágico en el Antiguo Egipto“, Ed. Edaf, Madrid 1998.