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Heru-Behedety delante de la entrada de su templo en Edfú

La Fiesta de la Hermosa Reunión

El matrimonio sagrado entre

Hethert-Iunety y Heru-Behedety

 

El más conocido de los viajes divinos es el de Hethert que todos los años dejaba su morada de Iunet (la ciudad de Dendera) durante cerca de tres semanas para ir a Behedet (la ciudad de Edfú), hogar de Heru-Behedety, a unos 170 km. río arriba. La naturaleza de estas festividades consiste en que “la Señora de Iunet remonta el río, en su época del año, para unirse felizmente con Heru”.
Para unirse a su eterno prometido, Hethert Iunet se desplazaba en barca por el río en compañía de numerosos peregrinos. Unos miembros de su clero la trasladan desde el templo al desembarcadero, donde se encuentra su barca procesional. Durante el camino, abierto por los portadores de incensarios, que queman resina y olíbano, va rodeada del clero y los escribas. Una vez en la orilla, la suben a bordo de la barca fluvial y ocupa un quiosco que se alza en el centro de ésta. Un barco con ocho remeros remolca a lo largo de todo el trayecto la barca fluvial, mientras que los peregrinos ocupan las numerosas embarcaciones que la acompañarán hasta Behedet. A lo largo de todo el trayecto, los que no participan en el viaje se amontonan en las orillas y aclaman a la procesión náutica. Poco a poco, nuevos peregrinos se van uniendo sin cesar a l cortejo fluvial, aumentando así la flotilla. El nombre de la barca, “la grande de amor”, revela la finalidad del viaje. La diosa aprovecha esta navegación, que durará cerca de cuatro días, para visitar a otras diosas: a Mut en Pet-Isut, a Anuket en Komir. La última escala está dedicada a Heru de Hieracómpolis, que también se une al cortejo en su propia barca.
 Mientras tanto, Heru Behedety ha salido de su templo en su barca sagrada para ir al encuentro de su prometida. El reencuentro tiene lugar fuera del templo mayor, en una capilla al norte de la ciudad, a orillas del río, y en un momento muy concreto: en la octava hora del día de la nueva luna del décimoprimer mes del año. Esta fiesta se denomina: “Ella [Hethert] es llevada”. En este lugar se desarrollan las ceremonias de acogida a la diosa. Con el primer día de las festividades, comienza para los habitantes de Behedet un gran período de alegría.

A continuación, se remonta el río para llegar a la ciudad de Behedet. Heru y Hethert abandonan en un momento dado el río y toman un canal para llegar al desembarcadero del templo principal. Van acompañados por todos los hombres importantes de la región. La diosa es acogida con alegría y recibe alabanzas que ponderan su belleza y su universalidad: “Es la Dorada, la Señora de las diosas, la que va en paz a su sede [el templo de Behedet] ¡Qué alegría verla! ¡Qué dulzura mirarla! ¡Feliz quien se inclina [delante de Ella] porque la ama! ¡Los hombres y los dioses la aclaman, las diosas y las mujeres tocan el sistro para ella […] Ptah-Tenen adorna su cuerpo. Es la Señora, la Dama de la Embriaguez, la de la música, la de la danza.” Se la describe deslumbrante en sus ricos ropajes; colma el país con su belleza. También se resaltan sus facultades demiúrgicas y sus cualidades de la diosa madre. Ha traído a los dioses al mundo, forma los animales y los modela a su gusto; da forma a los hombres, crea todas las ofrendas y hace aparecer la vegetación. Deslumbrante de luz, aparta las tinieblas e ilumina a todas las criaturas con sus rayos. La crecida llega cuando Ella lo ordena, los vientos llegan cuando Ella lo manda.

Una vez pronunciadas estas alabanzas, la procesión entra en el recinto sagrado del templo, mientras que los peregrinos se quedan fuera. Las barcas de Heru y de Hethert se instalan entonces en el santuario, donde pasarán la noche. Ra, muy presente en el templo, manifiesta igualmente su alegría de asistir a su regreso. En efecto, la diosa se ha desplazado no sólo para encontrarse con su hermano, sino también para volver a ver a su padre, de quien es el ojo llameante, el Ahet. Así pues, durante las ceremonias, la diosa se unirá a Heru y volverá a la frente del dios solar que había abandonado. “Su corazón [el de Heru] se complace […] cuando viene la Señora de Iunet […] para ver a su padre […] para unirse al dios de Behedet en el templo, para unirse a la frente de Khepera […] Encuentra a su padre contento de verla ¡porque su Ojo ha vuelto!.”
 
Hethert, “la que es traída”, se convierte en la protectora de su padre Ra nada más llegar al templo, en el que se encuentra también con sus akhu, que solicitan su energía vital, para que ella misma asegure los ritos de la ofrenda funeraria necesaria para su supervivencia. La ceremonia del matrimonio llega a su fin y Hethert y Heru pasan su noche de bodas en el santuario.
Al día siguiente, el segundo día del mes lunar, comienza la propia fiesta de Behedet. Al amanecer, recomienzan las ceremonias que durarán los catorce días de la una creciente. En el santuario se efectúa un servicio dirigido a todas las almas divinas del lugar y, una vez finalizado, se va en procesión “hacia lo alto”, es decir, hacia una necrópolis situada en la montaña que está en el límite del desierto. Allí
residen “los dioses muertos de Behedet” a los que Heru y Hethert honrarán. El grupo es numeroso. Los hermanos van acompañados de todos los Netjeru que les han seguido desde el comienzo de las festividades. Sus estandartes forman también parte de la procesión. Al cortejo se unen el clero del templo, los coros, los músicos y los bailarines, los notables del lugar y una multitud de ciudadanos.
Heru y Hethert sacrifican entonces a los dioses yacentes; se trata de nueve dioses momiformes, antepasados de los tiempos primordiales y sufridos del demiurgo solar, que murieron cuando finalizó la creación. Son “los dioses vivos que han surgido de Ra la Enéada de los hijos de Temu, escondidos en su necrópolis […] al suroeste de Behedet desde que el demiurgo selló su suerte, pues su descendencia en
la tierra no había llegado a su fin. Sus almas volaron al cielo, donde viven entre las estrellas. El corazón de Ra se entristeció viendo lo que había ocurrido con sus hijos. Su Majestad ordenó momificar sus cuerpos en el mismo lugar en que habían actuado. Fueron vendados en Behedet y allí sus cuerpos se volvieron inaccesibles. Los dioses pisotean para esconder su panteón. El vergel sagrado oculta su sepulcro de la misma forma que el que se encuentra en FUNU. La gran necrópolis sagrada de Behedet cobija los cuerpos de los dioses de las cavernas. Ra va allí, la Majestad y su Ahet cerca de Él, para cuidar a sus hijos, los grandes cuerpos venerables y divinos que descansan para siempre en Behedet. [Ra y su Ahet] depositan las ofrendas […] Ellos les honran y escuchan sus rezos hasta que llegue el momento de su vuelta a los lugares […] Su panteón no se destruirá, sus momias no serán dañadas, no se quitará la arena que han en sus santuarios, las ofrendas serán depositadas cada día para sus ka, para siempre jamás”.
En la vida real los Netjeru dejan a los hombres el cuidado de realizar todas las tareas que acaban de ser enumeradas. Las ceremonias se acaban de forma menos fúnebre y los sacerdotes, después de haber cuidado la tumba, pasan “un buen día en este lugar”. Los ritos realizados han permitido que los despojos divinos y sus almas celestes se reúnan y revivan. Aunque estén destinados a los dioses muertos, estos
ritos funerarios son una réplica de los que los humanos efectúan para sus propios difuntos.
La procesión se vuelve a poner en marcha par dirigirse al segundo lugar santo, en el que se encuentra un santuario. Hasta llegar al recinto del otro templo, los profetas salmodian unos cánticos que todo el cortejo repite a coro. Una vez allí, se sacrifica un toro pelirrojo y se le corta la pata delantera derecha para arrojarla a la muchedumbre. Se traga de un rito que transpone, gráficamente, la derrota de Set el toro pelirrojo. Por esta razón, el que interpreta el papel de Heru combatiendo a su enemigo, se apodera de la pata y la vuelve a poner en el cuello del animal sacrificado. El sacrificio se atiene a unas normas concretas y se consume al animal poco tiempo después de la ceremonia, pues está prescrito que hay que quitarle las
entrañas para después llenar su vientre con especias. Una vez que Set es vencido y despedazado, se envían cuatro ocas, que representan a los cuatro Hijos de Heru, hacia los cuatro puntos cardinales, para anunciar que Heru Behedety, victorioso, se ha ceñido la doble corona. Unas flechas lanzadas en las cuatro direcciones destruirán a todos los enemigos del dios, se encuentren donde se encuentren. Para señalar definitivamente la destrucción de Set bajo todas sus formas, se destruyen con fuego las efigies de cera de un hipopótamo y de dos cocodrilos en los que previamente se han inscrito los nombres de los enemigos de Kemet.
Este “ceremonial de todos los enemigos del Nisut Bity” se completa con el rito de “pisotear los peces” que, también aquí, son las imágenes de los enemigos que hay que destruir. Son cuatro peces, respetando así la lógica de los puntos cardinales. Al mismo tiempo que los pisotea, el Nisut los golpea con un cuchillo de sílex. De hecho, el rito consiste en matar a los enemigos, entremezclarlos y suministrarles un arma para que se maten entre ellos.
Cuando llega la noche, la procesión no entra en el templo principal. Los peregrinos, los oficiantes, la multitud y las efigies divinas, pasan la noche in situ. Al día siguiente, los participantes repiten exactamente los mismos ritos. La procesión vuelve a ponerse en marcha en dirección a la necrópolis divina. Después de una pausa, vuelve sobre sus pasos para efectuar el holocausto del toro rojo. Por la noche, Hethert y Heru vuelven al templo principal. El tercer día, se repite el ceremonial, pero permanecen en el mismo lugar por la noche para volver al templo al día siguiente. Finalmente, durante otros diez días, “se efectúa de la misma manera todo el ceremonial”, pero esta vez Hethert y Heru vuelven todas las noches a su santuario.
 
La mañana del día catorce, Hethert toma el camino de vuelta. El cortejo se vuelve a formar y los sacerdotes, con sus trajes de ceremonia, caminan al lado de las barcas divinas. Abriendo el camino del ante de la barca de Heru, unos dignatarios blanden los estandartes de Heru, mientras que el sacerdote encargado del servicio de Hethert durante s su estancia en Behedet precede la barca de la diosa llevando su bastón sagrado a la altura del pecho. Heru y Hethert llegan así al desembarcadero del templo, donde se ofrecen a la diosa dos jarras de cerveza para que las beba en su calidad de Señora de la Ebriedad. Se dirigen hacia el río y, cuando llegan a la orilla, cada uno sube a bordo de su barca. Entonces el río y los animales acuáticos guardan silencio ante el poder radiante de Ra que asiste al espectáculo. Los adioses se prolongarán, como si a los esposos les costara mucho separarse durante un año.
Comienzan la navegación río abajo y se detienen en un lugar llamado El Asiento de Ra, en cuya terraza realizan sacrificios en su honor. Comienza de nuevo otro abundante almuerzo. “Los platos están en el fuego y ele incienso en la llama; los alimentos son incontables”. Los cantantes, los sistros y los tamboriles, añaden su nota de alegría a esta última ceremonia. Se colocan junto a Heru ramos de flores y se le dirige una ovación según un rito real que se remonta a la noche de los tiempos. La separación está próxima. “Es la partida de Heru Behedety […] Sentado sobre su gran asiento de oro. El Escriba del Libro Divino le hace subir en su barca. Los cinco portadores de los estandartes caminan delante de Él hasta que llega a su
templo […] Después se ayuda a subir a Hethert a su barca. Desciende el río hasta Iunet; se detiene en su gran asiento de oro. ¡[Qué así sea] para siempre jamás!”. El relato que habla del regreso es de una gran sobriedad. La fiesta ha acabado y todos vuelven a sus casas.
La unión sagrada de Hethert y de Heru inicia los ritos de la fertilidad y de la renovación anual. Sin este matrimonio el resto de las ceremonias no pueden tener lugar, porque es el que les da sentido. El matrimonio fecundo permite la visita revificadora de los dioses pasados, otorga a la realeza de Heru toda su fuerza y la confirma a través de una serie de ritos que señalan su victoria sobre los enemigos.
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