Djehuty

El egipcio no creía que la vida correcta fuera fácil de conseguir. Es verdad que podía –y debía– ser enseñada, puesto que, como dice Ptahhotep: “No hay ningún niño que disponga por sí solo del entendimiento.” Y el rey Merikare recibió la siguiente instrucción de su padre:

Imita a tus padres que te han precedido. Mira, sus palabras se han recogido en este escrito. Ábrelo y lee e imita al que sabe (?) Así, el que lo hace acaba por estar instruido.

Pero no era sólo la ignorancia la que amenazaba al hombre con extraviarlo. También su naturaleza apasionada comportaba un gran peligro. El egipcio conocía bien la serie completa de los siete pecados capitales. De ahí que los textos de “enseñanzas” distingan dos temperamentos: el “hombre apasionado” y el hombre autodisciplinado, el llamado “hombre silencioso”.

El hombre apasionado es gárrulo, pendenciero, avaro, arbitrario, arrogante; mientras el hombre silencioso es paciente, modesto, calmado, hasta cierto punto humilde, pero sobre todo es dueño de sí mismo en todas las circunstancias. Los destinos de ambos temperamentos los contrasta así Amenemope:

En lo que se refiere al hombre apasionado en el templo, es como un árbol que crece libre. De repente (ocurre) una pérdida de su follaje, y halla su fin en los astilleros (o) es llevado lejos de su lugar, y una llama es su vestidura mortuoria. (Pero) el hombre verdaderamente silencioso se mantiene aparte. Es como un árbol que crece en su jardín. Florece y duplica su fruto, (está) delante de su señor. Sus frutos son dulces, su sombra es grata; y llega a su fin en el jardín.

Es fácil que malinterpretemos el ideal del hombre silencioso. Este ideal no exalta la sumisión, la mansedumbre, ni ninguna clase de espiritualidad. El hombre silencioso es eminentemente el hombre de éxito. Los altos funcionarios se describen a sí mismos como “auténticamente silencioso” y no actúan así por una estimación cristiana del espíritu de humildad, sino por una sabiduría de carácter auténticamente egipcio. Los egipcios creen que la persona emprendedora pone en peligro su éxito por la violencia de la pasión; destruye la integración armónica del orden existente que, sólo él, es efectivo. La verdadera sabiduría es verdadero poder; pero comporta el dominio de los propios impulsos, y el silencio no es un signo de humildad, sino de superioridad. Hay que evitar el verse involucrado en situaciones en que sea probable ser arrastrado por los propios sentimientos. De ahí que Amenemope aconseje:

[…] deja paso al que ataca. Detente ante el intruso, duerme una noche antes de hablar; la tormenta estalla como una caña en llamas. Del hombre apasionado en su momento, retírate; abandónale a sus propios demonios; Dios sabrá cómo replicarle.

La enseñanza de Amenemope indica que el hombre apasionado “en su momento” – es decir, cuando sea arrastrado– irá sin duda contra el dios del que se trata en cada situación concreta en que el conflicto tenga lugar. Pero el hombre tiene que dominar la tormenta que estalla como una caña en llamas cuando se ve provocado por un intruso o un agresor; es esta tormenta de su propio corazón la que el hombre sabio suprime. Ahora bien, si hay que evitar el verse arrastrado hacia una situación en que la deliberación es imposible, es tanto más necesario evitar que se cree esta situación:

Di no: encuéntrame un jefe fuerte, pues un hombre en tu ciudad me ha injuriado; […] Realmente, desconoces los designios de Dios, no puedes darte cuenta (?) del mañana. Ponte en las manos de Dios, y tu tranquilidad les abatirá (a los enemigos). De hecho, es el cocodrilo que no emite ningún ruido el que causa por ello temor.

Obsérvese que el consejo de confiar en Dios queda templado por el recordatorio de que el hombre dueño de sus emociones es auténticamente temible: “Tu tranquilidad les abatirá”. Este punto se subraya con la imagen del temido cocodrilo silencioso. No se trata de evitar la disputa por sumisión o por amor al prójimo. El hombre evita los conflictos porque sería estúpido verse involucrado en una situación que pudiese comportar más complicaciones de las previsibles (“Tú desconoces los designios de Dios”) y en la que puede hacerse imposible la acción deliberada y efectiva. La contención de las pasiones y la tendencia a evitar los extremos en general caracterizan al hombre sabio. No hay que dejarse llevar negligentemente por la propia ansiedad. Hay que optar en todo por el término medio. Ptahhotep dice:

El que se pasa todo el día calculando, no tiene un momento feliz; El que se pasa todo el día festejando, no puede mantener a su familia. Cada cual llega a su fin según su propio pilotaje si bien [a su vez] un remo va suelto y el otro va cogido. El que escucha [sólo] a su corazón llegará: ¡pero si yo hubiera […]! en otras palabras, lamentaciones infructuosas.

A los peligros de la ignorancia y la falta de control de las propias pasiones, hay que añadir el orgullo. Se corre el riesgo de ser arrogante por los propios dones espirituales, o por atribuir a la propia capacidad cosas que realmente no son más que buena suerte, lo cual significa un don de los dioses. Ptahhotep advierte contra ambas formas de orgullo:

No seas arrogante por tus conocimientos, ni te creas un hombre instruido. Déjate aconsejar tanto por el ignorante como por el sabio, pues es imposible alcanzar los límites del saber y ningún artista está en posesión absoluta de su habilidad. Una palabra fecunda está más escondida que la piedra verde más preciosa, pero puede encontrarse entre las muchachas que sirven en los molinos de piedra.

Lo mismo ocurre con los éxitos materiales:

Si aras y hay abundancia en el campo, Dios hace que tus manos se llenen. No te jactes de ello entre tus parientes. Grande es el respeto que el silencioso inspira.

Las dos últimas frases son muy reveladoras. El egipcio juzgaba el orgullo más como los griegos que como los hebreos. No era un pecado de la criatura contra su creador, sino una pérdida del sentido de la proporción, una autoconfianza, una autoafirmación que traspasaba los límites del hombre y desde ahí le llevaba al desastre Pero mientras que la hybris griega estaba vigilada por Némesis, el resentimiento de los dioses, el orgullo del egipcio le dislocaba en su propio ámbito: la sociedad. Ptahhotep afirma que el que excede los límites al exigir lo que en realidad es un don de los dioses pierde el lugar que ocupa el hombre realmente sabio y en posesión de sí mismo: “No te jactes […] entre tus parientes, pues grande es el respeto que el silencioso inspira.” El hombre presuntuoso suscita el desprecio; así, el cambio súbito de sus relaciones destruye su estatus en la comunidad. Obsérvese que Ptahhotep, como Amenemope, que vivió quizás unos mil años más tarde, presentan el silencio no como una cualidad del tímido, del humilde, del manso, sino del hombre superior, cuyo dominio sobre sí mismo constituye un logro reconocido por todos.

Los egipcios declaraban que el castigo del orgullo y demás defectos era asunto de los dioses, pero creían que la retribución divina solía actuar no por intervención directa en los asuntos humanos, sino indirectamente, mediante el mantenimiento de la ma’at, el orden establecido. Desde este punto de vista, el éxito del hombre en la vida se manifiesta como prueba de integración sin fricciones en este orden. El hombre de éxito posee una cualidad destacable y dispone de una fuerza impersonal por su sintonización armónica con la sociedad y la naturaleza. De ahí que aquellos que son menos afortunados deberían intentar beneficiarse, para mejorar su situación, de una estrecha asociación con dicho hombre. Éste es el significado de la siguiente “enseñanza” de Ptahhotep:

Si eres desgraciado, entonces deberías servir a un hombre de reputación, de modo que tu conducta sea buena antes Dios; y debería ser alguien que sepas que antes había sido insignificante. No levantes tu corazón contra él (es decir, no seas orgulloso) porque sabes de su pasado: hónrale por lo que ha sido su suerte. Pues la salud no viene por sí sola, sino que es una orden de ellos (de los dioses) para aquél que les ama […] Dios es quien hace su éxito y quien le protege incluso cuando duerme.

Se aconseja aquí al desafortunado que se adhiera a alguien que haya tenido un éxito conspicuo, como si la fuerte corriente de este último permitiera al pobre salir de nuevo a flote, e incluso le sacara de las aguas estancas en las que la mala adaptación le ha dejado encallado. A la inversa, es insensato asociarse con un inadaptado; he aquí el verdadero significado de las repetidas advertencias contra las malas compañías en que se asan las “enseñanzas” y que nosotros probablemente interpretamos mal. Kagemni aconseja:

Si te sientas con una persona superior, come sólo cuando su comida se haya acabado, y si te sientas con un borracho, bebe sólo cuando su deseo se haya satisfecho.

El comentario habitual a este tipo de consejo es totalmente inadecuado. No se trata ni de una regla de buena conducta, ni de un plan para hacerse popular o para obtener un beneficio. De hecho, no puedo imaginar una conducta más apropiada para ponerle a uno en aprietos. Kagemni, evidentemente, quiere que su heredero se separa de modo ostensible de aquellos que actúan contra Ma’at y que por tanto acabarán mal tarde o temprano. Era ése un tema de lo más serio, una auténtica preocupación religiosa, como lo muestra el consejo de cortar los vínculos incluso con el propio hijo, si éste demuestra una corrupción sin esperanza. Recordemos lo mucho que significaba un hijo para los antiguos egipcios al sopesar el valor completo de las siguientes palabras de Ptahhotep:

(Si, después de advertirle y corregirle, tu hijo continúa comportándose mal) entonces échale, […] él ya no es tu hijo, no ha nacido para ti. […] Recházale como alguien a quien ellos (los dioses) han condenado; es alguien que ya ha sido condenado en el cuerpo. Aquél a quien ellos guían no se extravía, pero aquél a quien ellos abandonan sin barca no puede cruzar.

Pero, si el éxito es prueba de armonía con los dioses, también impone al hombre “correcto” la obligación de acrecentar el bienestar de la sociedad asistiendo a los menos afortunados:

Un hombre a quien su dios ha fortalecido debería favorecer a muchos.

También Amenemope:

Si ves que un hombre pobre tiene una gran deuda, divídela en tres partes; perdónale dos, déjale una; verás que es una salida para vivir; te acostarás por la noche y dormirás profundamente. Por la mañana, verás que son buenas noticias.

Esta profunda experiencia de la satisfacción duradera después de un acto generoso no se debía a la conciencia de haber obedecido un mandato divino; era la consecuencia directa de estar en armonía con Ma’at. La corrección produce alegría, el mal comporta la desgracia; pero esta frase tenía más profundidad en Egipto de la que tiene en el pragmatismo moderno. Pues nuestra palabra “correcto” traduce muy imperfectamente la calificación egipcia de una acción que deberíamos llamar así pero que, para los egipcios, iba más allá de la consideración ética y afectaba la existencia misma del hombre y de la sociedad en la naturaleza.

 

Fuente: Frankfort H., La Religión del Antiguo Egipto. Una interpretación, Barcelona, 1998.

Anuncios