La muerte no existía para los antiguos egipcios tal como hoy la concebimos. Ellos tenían la certeza de que la vida proseguía después de la muerte y que lo que más importaba era no morir “por segunda vez”. Si se creía que la muerte era un mero tránsito, era a cambio de perpetuar el cuerpo del difunto y de someterlo a una serie de tratamientos que garantizasen que la putrefacción no lo alcanzaría. El mito de la muerte y resurrección del dios Wesir* se fundamentaba en tal idea. De hecho, los textos egipcios dicen que la momificación fue inventada por el dios Yinepu* para auxiliar a la diosa Aset* en sus trabajos para devolver la vida a su esposo amado.
 
 
La profunda razón por la que el cuerpo debía ser preservado contra la descomposición, era porque la religión wesiriana fundamentaba la supervivencia en el más allá en el hecho de que el cuerpo no desapareciera. De igual modo, tampoco podía desaparecer el nombre del difunto. Estos elementos y muchos más que componían la esencia de la identidad del muerto debían ser protegidos por medio de los ritos funerarios. Esto era lo que no se podía perder.
Al igual que cuando el ser  humano nacía se encarnaba en él las diferentes fuerzas espirituales que conformaban su personalidad individual, cuando moría había que impedir la desaparición del cuerpo terrestre, sede material de las esencias espirituales.  Si éstas eran capaces de identificar el cuerpo en el que residieron durante la vida, no lo abandonarían y, de tal modo, el difunto no desaparecería en la nada.
 
 
El rito de la “Apertura de la Boca” era consecuencia de esta creencia: conservado el cuerpo, se le devolvían por medio de la magia todas sus funciones vitales y, por tanto, había que seguir alimentándolo y procurándole todo cuanto fuera preciso para su supervivencia, desde un punto de vista material. No atender el culto de los muertos podría acarrear su profundo disgusto. Profanar sus moradas de eternidad, su maldición.
 
Respecto a lo que esperaba a los difuntos en el más allá, lo primero con lo que contaban era con el Juicio de Wesir*. Si no superaban este acto supremo de justicia que evaluaba sus acciones durante la vida terrestre, la pena era la desaparición en la nada: la segunda muerte. La momia iba protegida con numerosos amuletos, depositados entre las vendas, y a veces su corazón era sustituido por  los llamados “escarabeos de corazón” que llevaban inscrito un extracto del capítulo XXX del Libro de los Muertos, para impedir un testimonio negativo contra su dueño ante el Tribunal de Wesir*.
 
 
Así pues, lo que diferencia a las momias egipcias de cualquiera otras es que los cuerpos de los difuntos eran manipulados para que sus esencias espirituales quedasen “atadas” al cuerpo momificado, o lo que es lo mismo, siguiesen “vivas”. Por eso se ha de sentir una profunda piedad cuando contemplemos una momia egipcia. Quizás esté implorando a los vivos, en silencio, que sigan cuidando de su supervivencia tal como ellos la concebían.
 
 
 
Por Francisco Martín Valentín.
 
 
*Se han cambiado los nombres de las divinidades por su correspondencia kemética.
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