El dios Jenun creando a los hombres sobre su torno de alfarero.

Los primeros actos mágicos que recuerda la ancestral memoria egipcia fueron los ejecutados por los dioses cosmogónicos para llevar a cabo la creación del mundo. Gracias a los más antiguos escritos religiosos conocidos, que son los Textos de las Pirámides de las dinastías V y VI (hacia el 2.600 a. de C.), existentes en la necrópolis de Sakara, podemos conocer la manera en que los egipcios imaginaban el universo antes de la creación.

En aquél tiempo no existía todavía el cielo, ni la tierra; no había hombres, y los dioses no habían nacido todavía, ni siquiera existía aún la muerte. Los gérmenes de todo ser y de toda cosa se encontraban en estado inerte, confundidos en el seno de un abismo llamado el Nun. En el Nun flotaba un espíritu divino indefinido que llevaba en sí mismo la semilla de todas las existencias que vendrían después. De ahí su nombre, Tum, o Atum, que quiere decir al mismo tiempo la nada y la totalidad.

Tum se encontraba en estado informe, inestable e inconsistente. En un momento determinado, Tum sintió la necesidad de desarrollar una actividad creadora y deseó dar vida en su corazón a todo lo que existe. Y entonces, se alzó fuera del Nun y de las cosas inerte. En ese puntual momento, se hizo la luz y existió el sol. Así, eran perfectamente compatibles las creencias que hacían creadores del cosmos y de todo lo que existe a dioses diferentes, según la localidad egipcia de que se tratase. Solamente se discutía quien fue antes, si Ptah de Menfis, o Atum de Heliópolis, pero, la verdad sea dicha, sin demasiadas complicaciones.

Menfis

La teología de la ciudad de Menfis, una de las más prestigiosas y antiguas de Egipto, hacía del dios Ptah el creador primigenio del mundo. Ptah era una divinidad habitualmente representada como una momia con las manos fuera de sus vendajes en las que sujetaba tres amuletos de gran poder mágico: el cetro Uas, el pilar Dyed y la cruz de vida, Anj. El dios estaba tocado con un casquete que dejaba al aire sus dos orejas. Una barba recta adornaba su rostro. Siempre se le mostraba subido sobre un objeto trapezoidal que era la expresión ideográfica de la idea de ‘Justicia’, ‘Equilibrio’; es decir, la Ma’at. De este modo se quería representar que, cuando se produjo la creación del primer día, él ya se alzaba sobre el principio regulador del orden que organizó el caos.

Los relatos religiosos de la teología de Menfis nos relatan que este dios creador realizó desde el principio su labor actuando con sus poderes mágicos. Al inicio, según nos cuentan dichos textos, solo existía el gran, inmóvil e infinito mar de las aguas del caos. No se había hecho la luz, pero tampoco la oscuridad. La gran materia universal estaba inerte.

Pero Ptah, el increado, ya estaba allí. Y en su corazón se concibió la imagen del dios Atum. Y Ptah utilizó su lengua para pronunciar el nombre del nuevo dios, y en su virtud, Atum fue creado por Ptah. Y lo mismo hizo Ptah para dar vida a las primeras aguas, llamadas Nun y Nunet; las primeras extensiones vacías, a las que llamó Huh y Huhet; y creó también las primeras fuerzas negativas para hacer equilibrio contra las positivas, y las llamó Niau y Niauet; y creó a Amón y a Amonet, dioses de lo que no se vé.

Él ordenó la vida de todos los dioses y de sus Kau, o esencias energéticas. De esta manera, se manifestó la supremacía del corazón y de la lengua sobre todos los seres, conforme a la enseñanza antigua que explica que, el corazón es el elemento dominante de cada cuerpo, y la lengua, el elemento dominante de cada boca, en todos los dioses, todos los hombres, todos los animales y todo lo que vive.

Heliópolis

Otra gran ciudad santa de Egipto, la prestigiosa Iunu, la Heliópolis de los griegos, concibió su propio mito creador en torno, esta vez, al dios Atum-Ra. Este dios, cuyo nombre significaba ‘lo que está completo, perfecto’, era normalmente representado bajo la forma de un hombre que llevaba sobre su cabeza la doble corona del Alto y del Bajo Egipto.

Antes de la creación se decía que había estado sumergido en el océano primordial, el Nun. Esto sucedió antes de que la tierra y el cielo fueran separados. Estas aguas primordiales que contenían a Atum, tenían también en sí mismas todas las esencias de los demás dioses, de los hombres y de los otros seres vivos. Atum estaba, pues, inerte, sin posibilidad de ponerse erecto sobre sí mismo. En ese momento, cuentan los textos, Atum habló al Nun y le dijo: ‘Yo flotaba absolutamente inerte, entonces mi hijo, la Vida, me hizo consciente haciendo vivir mi De la unión carnal entre el dios Shu y su hermana, la diosa Tefnut, la primera pareja del mundo, nacieron los elementos espaciales del universo: Gueb, el dios de la tierra, y Nut, la diosa del cielo. La tierra era, pues, para los egipcios el elemento masculino y el cielo, el principio femenino y fecundo del mundo, pues de él partía la luz imprescindible para el nacimiento de la vida. Esta segunda pareja tuvo, a su vez, cuatro hijos : Osiris, Isis, Seth y Neftis.

Eran dos nuevas parejas que se unirían de nuevo entre sí, practicando el incesto ritual. La primera de ellas, constituida por Osiris e Isis, simbolizaba las potencias de fertilidad del suelo y el equilibrio de la vida; la segunda, la esterilidad y los trastornos infelices. De este modo se contraponía el valle, verde y fértil, frente al desierto, estéril y amenazador. Así, la Eneáda de los dioses fue perfecta: el número Nueve regía la creación.

La narración heliopolitana de la creación del mundo, deja testimonio en los textos que la relatan de la gran fuerza mágica utilizada para llevarla a cabo. En estos relatos se hace una mención casi constante del término ‘Jeper’, que viene a significar algo parecido a ‘venir a la existencia, manifestarse’, y de su derivado ‘Jeperu’ que significa ‘formas o manifestaciones materializadas’. Los textos repiten, en forma mántrica dichas palabras enormemente poderosas. Era la invocación repetida para instar la ‘manifestación de lo que se quería crear’.

Hermópolis

La ciudad de Hermópolis, situada en el Egipto Medio y lugar de culto del dios Thot, también concibió su propio mito cosmogónico en torno a los métodos mágicos empleados por este dios, el gran mago por excelencia, patrón de la sabiduría y de la escritura, que era representado bajo la forma de un hombre con cabeza de Ibis sagrado, (Threskiornis aethiopicus), o bajo el aspecto de un babuino (Papio Cynocephalus).

Thot llevó a cabo su acto creador por medio de la utilización mágica del número Ocho, el elegido para expresar la perfección de la obra del demiurgo. Así pues, y de creer a la cosmogonía hermopolitana, al principio, existían ocho dioses primordiales que estaban situados sobre la colina primigenia, el primer montículo de tierra que emergió de las aguas del océano caótico. Eran cuatro parejas divinas compuestas de un macho y una hembra, cada una de ellas. Habían tomado la forma de ranas y serpientes. Sus nombres eran Nun y Nunet, representaciones del elemento líquido; Hehu y Hehet, símbolos de la eternidad del tiempo; Keku y Keket, la oscuridad del mundo sin luz; y, finalmente, Amon y Amonet, la potencia divina Oculta que guardaba dentro de sí misma el caos primordial.

Según la expresada doctrina, fueron estos ocho dioses los que concibieron la creación del mundo. Elaboraron un gran huevo que depositaron sobre la colina primordial en la cual residían, del cual, salió brillante y esplendente el propio astro solar, el dios Ra. Conforme a otras versiones, lo que los Ocho de Hermópolis crearon fue un nenúfar, la hermosa flor de las aguas, cuyos pétalos se abrieron para dar vida al sol en forma de niño con el dedo en la boca y tocado con una corona que llevaba el Úreus. De este modo, la elevación de esta flor de las aguas hasta la nariz de los dioses o de los difuntos, tal y como vemos en las tumbas egipcias, quería significar la creación de la vida solar y el nacimiento a una nueva vida de eternidad, a ejemplo e imitación del dios Ra.

Elefantina y Esnah

Otro gran medio mágico utilizado para crear la vida y el mundo, fue el empleado por otra divinidad cosmogónica, ésta vez originaria de la isla de Elefantina, situada en la primera catarata del Nilo, y de la ciudad de Esnah, en el Alto Egipto. Se trata del dios Jenum, divinidad normalmente representada bajo el aspecto de un hombre con cabeza de carnero de cuernos ondulados (Ovis longipes).

Según los textos del Templo de Esnah, el dios Jenum utilizó sus manos y el barro, hecho con tierra y agua del Nilo, para llevar a cabo la creación de los dioses, de los hombres y de todos los seres vivientes. Según esta tradición todos ellos fueron modelados en el torno de alfarero del dios con cabeza de carnero, y después de ello, les fue dado el soplo de la vida. Eran pequeñas figuras hechas por el gran mago divino, para ser luego dotadas de vida por medio de la voz salida de la boca del dios. Esta manera de hacer magia, por medio de las llamadas ‘figuras de sustitución’, sería muy practicada por los magos en el Antiguo Egipto.

Sais

La diosa Neith de la ciudad de Sais también tenía atribuida la creación del universo, en tanto que ella era, según los textos religiosos, ‘el padre de los padres’ y ‘la madre de las madres’. Ella salió del Nun y creó los primeros treinta dioses, utilizando el método del modelado y la imposición del nombre a cada uno de ellos, con lo que les dio la vida.

Después, Neith, adoptando la forma de la Vaca sagrada Ahet meditó sobre lo que debía venir a la existencia y dijo: ‘Un dios augusto va a aparecer hoy. Cuando él abra su ojo, existirá la luz, cuando él lo cierre, se harán las tinieblas. Los hombres nacerán de las lágrimas de su ojo y los dioses de la saliva de sus labios. Os diré su nombre: será Jepri al amanecer y Atum al atardecer, y será el dios brillante por todo el tiempo infinito, en su nombre de Ra, cada día’. Como consecuencia del acto creador de la diosa Neith, siempre según su escuela teológica, surgirían otras divinidades muy importantes del panteón egipcio, tales como el dios sol Ra, o como el dios Thot, que, se decía, había nacido del corazón del primero en un momento de tristeza.

Por su parte, la aplicación de esta teoría en la enseñanza de la escuela tebana, que hacía del dios Amón el máximo creador del universo, está resumida en un documento datado en época de Ramsés II (hacia el 1279-1213 a. de C.), que señalaba que: ‘…Tres son los dioses que no tienen igual: Amon, Ra y Ptah. Su nombre está oculto, en tanto que Amon; Ra es la cabeza y Ptah el cuerpo. Sus ciudades sobre la tierra están establecidas para siempre: Tebas, Heliópolis y Menfis para la eternidad. Cuando hay un mensaje del cielo se oye en Heliópolis; se repite en Menfis, por el dios ‘del bello rostro’ (Ptah), y se hace con él una carta escrita con los caracteres de Thot para ser enviado a la ciudad de Amon. Su respuesta es dada en Tebas y una orden sale de ella (haciéndola vivir)’.

Autor:  Dr. Francisco J. Martín Valentín.

 

BIBLIOGRAFIA:

Martín Valentín, F.: Los magos del Antiguo Egipto. Madrid, 2003.

 

Este artículo fue extraído de la web del IEAE: www.institutoestudiosantiguoegipto.com y es publicado sin ninguna modificación.

 Ilustración extraída de Mitologías, ed. Fleurus-Panini.

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