El hipopótamo, que robaba y pisoteaba los cultivos, fue más temido por su voraz apetito que por su cierta antipatía a los hombres. Desde tiempos antiguos se le consideró una manifestación del desorden, y en consecuencia, del mal. Las escenas de caza de hipopótamos son comunes en las mastabas de los nobles del Reino Antiguo, y parte de la función de las mismas fue, probablemente, la de preservar el orden en la otra vida del difunto.

Una función similar debieron tener los encantadores animales de fayenza azul encontrados usualmente en tumbas del Reino Medio, que no eran ciertamente simples  ornamentos, aunque a menudo aparezcan cuidadosamente decorados con flores, plantas  y pájaros del medio natural del hipopótamo. ¡Tal vez esta decoración pretendía ayudar a mantener mágicamente al animal en su propio hábitat! Aunque estas representaciones pueden manifestar cierta ambivalencia hacia el hipopótamo, en períodos posteriores fue directamente equiparado con el propio dios Set (aquí visto desde el wesirianismo como una deidad maligna). 

 

En los muros del templo ptolemaico de Edfú se reproduce el denominado “Mito de Heru”, que explica cómo Heru Behedety combatió en la barca de Ra contra los enemigos del dios sol, representados en forma de cocodrilos e hipopótamos. En otra narración Heru-sa-Aset combate contra Set, que aparece como un hipopótamo rojo. Incluso la compuesta Am’mit, la temible “devoradora de corazones” que acechaba en la Sala de la Doble Ma’ati, estaba representada con mandíbulas de cocodrilo y las patas traseras de hipopótamo.

 

A pesar de esta considerable animadversión hacia el gigante herbívoro, este animal  -como el cocodrilo- también tenía una parte más positiva. La hembra del hipopótamo era considerada con respeto como una gran defensora de su cría y, así, las diosas Aset, Hethert y Nut, que actuaban en el renacimiento del difunto, podían aparecer en forma de hipopótamo hembra. Por ejemplo, en las pinturas astronómicas de las tumbas del Reino Nuevo, una de las constelaciones circumpolares del norte representa a Aset como un poderoso hipopótamo que contiene el cuarto delantero de Set.

 

El hipopótamo funcionaba también como un símbolo de fertilidad, y en este papel se le conoce mejor como Taweret “La Grande”, diosa hipopótamo del embarazo, a la que se representaba de pie sobre sus patas traseras, en posición humana y, usualmente, con una pata apoyada en un signo jeroglífico SA de “protección”.

Tal vez la cama funeraria con cabeza de hipopótamo hembra encontrada en la tumba de Tut-ankh-Amun, fue ideada para expresar esta misma imagen de protección y renacimiento, igual que la cama con forma de vaca Hethert hallada en la misma tumba, que hace juego con ella.

 

La iconografía de este animal es, pues, variable. Mientras que el hipopótamo recostado sobre sus patas traseras representa generalmente los aspectos más positivos del animal, los hipopótamos erectos sobre sus cuatro patas connotan usualmente hostilidad aunque ciertas obras, como la cama funeraria, podrían ser excepciones de esta norma general.

Fuente: Richard H. Wilkinson, “Cómo leer el arte egipcio”, Ed. Crítica.

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