Egipto Antiguo


El hipopótamo, que robaba y pisoteaba los cultivos, fue más temido por su voraz apetito que por su cierta antipatía a los hombres. Desde tiempos antiguos se le consideró una manifestación del desorden, y en consecuencia, del mal. Las escenas de caza de hipopótamos son comunes en las mastabas de los nobles del Reino Antiguo, y parte de la función de las mismas fue, probablemente, la de preservar el orden en la otra vida del difunto.

Una función similar debieron tener los encantadores animales de fayenza azul encontrados usualmente en tumbas del Reino Medio, que no eran ciertamente simples  ornamentos, aunque a menudo aparezcan cuidadosamente decorados con flores, plantas  y pájaros del medio natural del hipopótamo. ¡Tal vez esta decoración pretendía ayudar a mantener mágicamente al animal en su propio hábitat! Aunque estas representaciones pueden manifestar cierta ambivalencia hacia el hipopótamo, en períodos posteriores fue directamente equiparado con el propio dios Set (aquí visto desde el wesirianismo como una deidad maligna). 

 

En los muros del templo ptolemaico de Edfú se reproduce el denominado “Mito de Heru”, que explica cómo Heru Behedety combatió en la barca de Ra contra los enemigos del dios sol, representados en forma de cocodrilos e hipopótamos. En otra narración Heru-sa-Aset combate contra Set, que aparece como un hipopótamo rojo. Incluso la compuesta Am’mit, la temible “devoradora de corazones” que acechaba en la Sala de la Doble Ma’ati, estaba representada con mandíbulas de cocodrilo y las patas traseras de hipopótamo.

 

A pesar de esta considerable animadversión hacia el gigante herbívoro, este animal  -como el cocodrilo- también tenía una parte más positiva. La hembra del hipopótamo era considerada con respeto como una gran defensora de su cría y, así, las diosas Aset, Hethert y Nut, que actuaban en el renacimiento del difunto, podían aparecer en forma de hipopótamo hembra. Por ejemplo, en las pinturas astronómicas de las tumbas del Reino Nuevo, una de las constelaciones circumpolares del norte representa a Aset como un poderoso hipopótamo que contiene el cuarto delantero de Set.

 

El hipopótamo funcionaba también como un símbolo de fertilidad, y en este papel se le conoce mejor como Taweret “La Grande”, diosa hipopótamo del embarazo, a la que se representaba de pie sobre sus patas traseras, en posición humana y, usualmente, con una pata apoyada en un signo jeroglífico SA de “protección”.

Tal vez la cama funeraria con cabeza de hipopótamo hembra encontrada en la tumba de Tut-ankh-Amun, fue ideada para expresar esta misma imagen de protección y renacimiento, igual que la cama con forma de vaca Hethert hallada en la misma tumba, que hace juego con ella.

 

La iconografía de este animal es, pues, variable. Mientras que el hipopótamo recostado sobre sus patas traseras representa generalmente los aspectos más positivos del animal, los hipopótamos erectos sobre sus cuatro patas connotan usualmente hostilidad aunque ciertas obras, como la cama funeraria, podrían ser excepciones de esta norma general.

Fuente: Richard H. Wilkinson, “Cómo leer el arte egipcio”, Ed. Crítica.

La muerte no existía para los antiguos egipcios tal como hoy la concebimos. Ellos tenían la certeza de que la vida proseguía después de la muerte y que lo que más importaba era no morir “por segunda vez”. Si se creía que la muerte era un mero tránsito, era a cambio de perpetuar el cuerpo del difunto y de someterlo a una serie de tratamientos que garantizasen que la putrefacción no lo alcanzaría. El mito de la muerte y resurrección del dios Wesir* se fundamentaba en tal idea. De hecho, los textos egipcios dicen que la momificación fue inventada por el dios Yinepu* para auxiliar a la diosa Aset* en sus trabajos para devolver la vida a su esposo amado.
 
 
La profunda razón por la que el cuerpo debía ser preservado contra la descomposición, era porque la religión wesiriana fundamentaba la supervivencia en el más allá en el hecho de que el cuerpo no desapareciera. De igual modo, tampoco podía desaparecer el nombre del difunto. Estos elementos y muchos más que componían la esencia de la identidad del muerto debían ser protegidos por medio de los ritos funerarios. Esto era lo que no se podía perder.
Al igual que cuando el ser  humano nacía se encarnaba en él las diferentes fuerzas espirituales que conformaban su personalidad individual, cuando moría había que impedir la desaparición del cuerpo terrestre, sede material de las esencias espirituales.  Si éstas eran capaces de identificar el cuerpo en el que residieron durante la vida, no lo abandonarían y, de tal modo, el difunto no desaparecería en la nada.
 
 
El rito de la “Apertura de la Boca” era consecuencia de esta creencia: conservado el cuerpo, se le devolvían por medio de la magia todas sus funciones vitales y, por tanto, había que seguir alimentándolo y procurándole todo cuanto fuera preciso para su supervivencia, desde un punto de vista material. No atender el culto de los muertos podría acarrear su profundo disgusto. Profanar sus moradas de eternidad, su maldición.
 
Respecto a lo que esperaba a los difuntos en el más allá, lo primero con lo que contaban era con el Juicio de Wesir*. Si no superaban este acto supremo de justicia que evaluaba sus acciones durante la vida terrestre, la pena era la desaparición en la nada: la segunda muerte. La momia iba protegida con numerosos amuletos, depositados entre las vendas, y a veces su corazón era sustituido por  los llamados “escarabeos de corazón” que llevaban inscrito un extracto del capítulo XXX del Libro de los Muertos, para impedir un testimonio negativo contra su dueño ante el Tribunal de Wesir*.
 
 
Así pues, lo que diferencia a las momias egipcias de cualquiera otras es que los cuerpos de los difuntos eran manipulados para que sus esencias espirituales quedasen “atadas” al cuerpo momificado, o lo que es lo mismo, siguiesen “vivas”. Por eso se ha de sentir una profunda piedad cuando contemplemos una momia egipcia. Quizás esté implorando a los vivos, en silencio, que sigan cuidando de su supervivencia tal como ellos la concebían.
 
 
 
Por Francisco Martín Valentín.
 
 
*Se han cambiado los nombres de las divinidades por su correspondencia kemética.

Papiro Ebers, muestra de escritura hierática

 

La escritura en Kemet

 

La escritura convertía en inmutable lo escrito. Así, la descripción (en templos y tumbas) de rituales, epítetos y cultos concretos aseguraban la pervivencia eterna de dichos ritos y cultos, por el mero hecho de haber sido escritos.

En el Antiguo Egipto existieron tres tipos de escritura: jeroglífica, hierática y demótica ¿Qué diferencia había entre las tres?

La jeroglífica fue utilizada desde la Dinastía I al Periodo Grecorromano y se empleaba para textos oficiales, funerarios y religiosos. Por ello aparece en tumbas, templos y papiros estructurada armónicamente, ya que la ubicación de sus símbolos y signos tenían una importancia vital para proporcionarles armonía y estética.

Como escritura sagrada, tenía un sentido mágico, a veces críptico. No estaba al alcance de toda la población, ni siquiera de la mayoría de los personajes más cultos, ni de todos los miembros del clero. Tuvo unos 7.000 signos a lo largo de la historia y una gramática compleja por lo que muy presumiblemente pudo ser del conocimiento de unos pocos y de aquellos que se iniciaban en “la Casa de la Vida”, una especie de escuela localizada en los principales templos cuyo paralelo en nuestros días es lo que hoy entendemos por universidad.

 Aunque no puede decirse que el pueblo egipcio fuera completamente analfabeto, la lectura y la escritura no eran materias que dominaran todos, aunque fuera deseable su conocimiento (como enseñan los textos sapienciales egipcios). Los textos egipcios insisten en transmitirnos los inmensos beneficios de saber leer y escribir, así como las virtudes del trabajo del escriba. Sin embargo, a menudo, los artistas se limitaban únicamente a copiar los escritos que se les entregaban y por ello, con frecuencia, encontramos numerosas faltas ortográficas o textos mal copiados.

Se escribía en columnas horizontales o verticales, de derecha a izquierda (preferiblemente) o de izquierda a derecha (menos veces) o de arriba a abajo. Como regla general, los mismos jeroglíficos dan la pauta para saber dónde comenzar a leer, ya que éstos miran hacia el lugar donde hay que empezar la lectura. Un hecho que no deja de ser curioso es que, a menudo, los símbolos gráficos que potencialmente pudieran ser peligrosos se “censuraban”. Por ejemplo, a veces, encontramos que el equivalente a nuestra consonante “f”, representada por una víbora cornuda, se dividía en dos, para que este animal venenoso no causara ningún mal o, si era posible, se sustituía por otro signo menos peligroso.

El hierático se utilizó a la vez que la grafía jeroglífica; se leía y se escribía de derecha a izquierda. Aunque también se usó para textos sagrados, generalmente, se empleó para asuntos laicos, es decir, aquellos relacionados con la administración, textos literarios, negocios, etc. Ésta consistía en una adaptación del jeroglífico, pudiendo decirse que fue la cursiva de los símbolos jeroglíficos.

 

El Demótico se incorporó a partir de la Dinastía XXV y fue una escritura más popular, siendo una estilización de la anterior.

En época tardía, la escritura conoce una evolución peculiar: aparece la criptografía, escritura reservada a iniciados que permite una lectura superficial, más o menos al alcance de todos los lectores, y una segunda lectura, reconocible sólo por cierto grupo selecto (de sacerdotes), una élite. Se han reconocido textos criptográficos en inscripciones que van desde templos a escarabeos. Aunque defectuosamente conocida, la escritura criptográfica egipcia conoció un cierto desarrollo desde la Baja Época hasta el final del Egipto grecorromano.

 

El jeroglífico egipcio conoció un desarrollo autóctono en el reino de Meroe, en el que se usó (en dos vertientes, monumental y cursivo) para transcribir una lengua africana. Si en Meroe tuvo algún uso simbólico, nos es desconocido.

 

[Fuente: Elisa Castel.: Egipto, Signos y Símbolos de lo Sagrado. Ed. Aldebarán. Madrid 1999, pág 166-167]

Barca de Amón

“La Bella Fiesta del Valle” (heb nefer en ipet), era la mayor festividad durante el Imperio Nuevo dedicada a honrar a los difuntos y a la Tríada de Waset (Tebas).
Este festival se celebraba cada año durante el segundo mes (Pa en Khonsu) de la estación Shomu, la estación de sequía y comienzo del verano, a la primera luna nueva (Pesdjentiu), y con una duración de 12 días.  Durante este festival, las imágenes sagradas de Amun-Ra, Su esposa Mut y Su Hijo Khonsu eran sacadas del Templo de Karnak con el objetivo de visitar los templos funerarios de los reyes muertos antaño, que se encuentran en la orilla occidental del Nilo y sus altares -de los Netjeru del Oeste-, incluyendo Het-Hert como la Dama del Oeste y Wesir, Rey de los Muertos. 
 
Amun-Ra viajaba en Su altar, escondido de la vista de la gente, sobre una barca sagrada portada a hombros por veinticuatro sacerdotes. La proa y popa de la barca eran decoradas con la cabeza del carnero de Amun, vistiendo un amplio collar Menat y el disco solar. Esta barca cruzaba el río sobre el Userhet, una barca de 67 pies de largo cubierta de oro y piedras preciosas constrída con cedro importado del Líbano. Una flotilla de barcas más pequeñas seguían la gran barca por el Nilo. En la imágen, relieve procedente de Deir el Medina, en el que se observa a Ramsés II ofreciendo incienso a la imagen sagrada de Amun-Ra. 
 
Este festival era momento de gran júbilo para el pueblo de Kemet, que saludaba la barca de Amón en su viaje y arrojaban flores, llevaban ofrendas de comida y bebida a las capillas de sus amados difuntos. Había mucha fiesta y celebración, y al final los participantes podían pasar la noche en las capillas funerarias a dormir junto a los muertos bendecidos, sus akhu, los que podrían comunicarse con ellos a través de sueños.

Himno a Amun-Ra
Autor: Senerpaitui

Honor a ti, Amun-Ra, que en Waset resides
Y recorres dichoso el cielo;
De bienaventurados mil seguido vas
En pos de las ácueas cimas celestiales.
 
Tú eres el Uno oculto, desconocido,
El que no tiene igual, Señor de los dioses,
Rico en nombres que no podría enumerar
Aun si mis torpes horas fueran las tuyas.
 
Tu poder se crece mientras Tu Majestad,
Segura, avanza hasta dar fin a las horas;
Penetrando incluso en la Tierra de Manu
Para volver al lugar que ayer ocupó.
 
Ten para ti nuestra adoración, Anciano,
Puesto que Tú creaste a dioses y a hombres todos
Y les concediste ser bajo las formas
Que Tu Majestad consideró precisas.
 
Tú eres aquel cuyo ser todo lo abarca,
Entre todos aquel que creó lo que existe,
Aquel a quien acuden todos los hombres
Y de cuya belleza se regocijan.
 
Dondequiera me encuentre a mi lado estás;
No hay extensión de la tierra, altura del
Cielo ni profundidad del mar en que tu
Ba no haya dejado huella sempiterna.
 
Tus fotones son capaces de excitar en
Los más lejanos parajes del espacio
Moléculas tan necesarias para la
Vida de los seres que Tú mismo creaste.
 
Cuando Tú brillas son felices los hombres,
Las plantas toman de tu energía y nos brindan
La hierba para el ganado y los frutos
Para los seres, contigo agradecidos.
 
Yo te adoro cuando traes sobre Tu frente
La corona Ureret, Señor de ambas
Riberas abarcadas por siempre por Tu
Luz que recorre inexpresables distancias.
 
Eres Khepera, que te creaste a ti mismo,
Gran Escarabajo Sagrado creador de
Los dioses; Tú, que te alzaste al principio
Sobre los ácueos abismos celestiales.
 
Tú, Heru-juti-Temu Heru-Khepera,
Fortísimo halcón, portador eviterno
De su propio rostro, bello, a causa de
Tus dos plumas –altas y sacras diademas.
 
ptahhotepMÁXIMA 36: De la necesidad de castigar y combatir el mal.
 
 

La máxima trigésimo sexta insiste, de manera breve, sobre la necesidad de castigar y erradicar el mal, antes de poder dar una enseñanza.

El humanismo beato que cree en la buena naturaleza del hombre, comete un error trágico; este último no se rectifica por sí mismo. Al contrario, si la fechoría cometida permanece impune, transforma a su autor en agresor y destructor.

 
“Castiga principalmente, enseña completamente (1), [pues] el acto de detener el mal será el establecimiento duradero de la virtud (2).
En cuanto a una fechoría, excepción hecha de la desgracia (3), es esto lo que transforma al quejumbroso en agresor (4).”
 
 
 
Notas: 
  
1. El sentido de los dos verbos es claro: khesef, “castigar, rechazar”; seba, “instruir, enseñar”. Pero la traducción de ambas preposiciones da mala cuenta de todos los matices que implican, Her-tep, literalmente: “sobre la cabeza”, “en la cima”, nos parece hace referencia a un acto esencial, primero, de donde “principalmente”.
Her-qed, literalmente: “sobre el carácter”, “sobre la forma”, significa también “completamente”, es decir, sin omitir un solo aspecto de la forma.

 

2. La traducción de Brunner: “pues si se atrapa al mal, servirá de ejemplo” (por la intimidación) nos parece insuficiente. La traducción “el mal” permanece hipotética, pero cuadra bien con el contexto.

 
 
3. Sep, “fechoría”; iyt, “lo que puede suceder, la desgracia”. Las traducciones “un castigo exceptuado para el crimen” (Lichtheim), “para un caso que no concierne a una mala acción” (Faulkner), “un castigo, pero sin fechoría” (Brunner) no nos parece convenir.
La idea de Ptahhotep, según nosotros, es la de que toda fechoría, y por tanto una mala acción cometida voluntariamente, transforma de manera negativa la naturaleza del hombre. La desgracia, en cambio, es un acto del destino; el hombre no puede ser acusado de ella.
 
 
4. Anay: “quejarse”. El que se conforma con quejarse se convierte en un ser peligroso cuando se pone a actuar, cuando comete un delito.

 

Fuente: C. Jacq, Las Máximas de Ptahhotep. El libro de la sabiduría egipcia, Madrid 1999.

Los rayos del sol entran en el santuario principal del templo de Karnak, durante el solsticio de invierno.- JUANA BELMONTE

Los rayos del sol entran en el santuario principal del templo de Karnak, durante el solsticio de invierno.- JUAN BELMONTE

La estrella Sirio anunciaba la crecida, esencial en la economía egipcia

La influencia del cielo en la vida de los hombres ya no es una duda en el antiguo Egipto, 10.000 años después de Lascaux. En un reciente artículo publicado en Advances in Space Research, el investigador español Juan Belmonte, del Instituto Astrofísico de Canarias, y el egipcio Mosalam Shaltout, del Observatorio de El Cairo, muestran que los templos egipcios se construían alineados con sucesos astronómicos que servían como referencia para fijar los calendarios políticos, económicos o religiosos.
Hasta ahora, se asumía que la única referencia que tomaban los arquitectos del reino africano era el río Nilo. Los autores del estudio confirman que el curso fluvial es la referencia principal, pero añaden pruebas sobre la influencia fundamental de las estrellas.
Solsticio y año nuevo
Un ejemplo es el templo de Karnak, en Luxor. El día del solsticio de invierno, el más breve del año, los rayos del sol atraviesan el eje principal del edificio y entran en el santuario principal del templo. Este alineamiento, que se produciría con mayor precisión que ahora hace 4.000 años, cuando fue construido el complejo sagrado, coincidía con la celebración del año nuevo.
Hasta ahora, se creía que la única referencia era el río Nilo
El templo de Karnak es un ejemplo del cuidado con el que los egipcios elegían los emplazamientos y las orientaciones para sus lugares sagrados. Fue construido en uno de los pocos lugares de Egipto donde la línea del solsticio que conecta la salida del sol en invierno con la puesta de sol en verano es, al mismo tiempo, perpendicular al Nilo.
Las orientaciones buscando el solsticio eran habituales en el antiguo Egipto y, según indican los autores en su artículo, podrían ser un reflejo de la importancia del culto al Sol, que aún no se comprende del todo. Desde el punto de vista práctico, el solsticio de verano habría sido una fecha importante, al estar cercana a la llegada de la inundación que todos los años provocaba el Nilo, esencial para la economía del país. El especial significado religioso del solsticio invernal parece no ser exclusiva de Egipto. Entre las culturas del Mediterráneo, estaba muy extendida la idea de que el Sol nacía precisamente ese día.
Otro de los cuerpos celestes que los constructores del reino de los faraones no podían descuidar era Sopdet, la estrella que nosotros conocemos como Sirio. La estrella más brillante del firmamento fue, al menos a partir del Reino Medio, el heraldo de la crecida del Nilo.

El cielo era una fuente de orden para los habitantes de Egipto, pero eso no significa que necesitasen unos conocimientos de astronomía excesivamente sofisticados. “Lo único que necesitaban era una buena capacidad de observación del cielo, conocimiento de la esfera celeste y un saber acumulado sobre los movimientos de la Luna y, en particular, del Sol”, explica Belmonte.
El faraón arquitecto
El investigador del Instituto Astrofísico de Canarias lleva muchos años viajando por todo el mundo para recoger evidencias sobre cómo influyó el conocimiento del cosmos en las civilizaciones antiguas. La arqueoastronomía, una disciplina científica relativamente joven, a medio camino entre la arqueología y la astronomía, es una forma más de hurgar en la psicología de las civilizaciones antiguas.
Hasta la publicación de los trabajos de Copérnico o incluso Galileo, la observación del cielo estuvo impregnada por una interpretación religiosa y muchos yacimientos arqueológicos guardan pruebas de ello. “Uno de los aspectos más interesantes de este trabajo en el antiguo Egipto es que puedes cotejar lo que observas en las construcciones con lo que dejaron escrito en los jeroglíficos”, afirma Belmonte.

Los símbolos que ilustran las paredes de los templos ya sugerían que los constructores de estos lugares sagrados tenían en cuenta el firmamento. Estos jeroglíficos incluyen la representación de una ceremonia en la que el faraón tiraba una cuerda para marcar el alineamiento con el que el templo se debería construir. Sin embargo, las pruebas que sustentasen este interés por la astronomía eran escasos. Ahora, tras el estudio de Belmonte y Shaltout, se podría asumir que algún ciudadano realizaría una ceremonia para marcar el alineamiento del futuro edificio y es posible que, en el caso de los lugares más importantes ,quien lo hiciese fuese el faraón.
“Las antas muestran una clara orientación hacia la salida del Sol”
El trabajo de Belmonte no se reduce a los templos de Egipto. Dejando a un lado hipótesis sobre representaciones astronómicas en las pinturas de Lascaux o las de la cueva cántabra de El Castillo, las pruebas más antiguas de observaciones astronómicas están en los monumentos megalíticos. “Las antas, unos dólmenes de siete piedras del sudeste de la Península, muestran una clara orientación hacia la salida del Sol”, apunta Belmonte.

A partir de ahí, durante siglos, las evidencias pueden encontrarse en todo el mundo, desde los monumentos ciclópeos de las tumbas de Cerdeña hasta las plataformas de los moai de la Isla de Pascua. Hasta ahora, una época en que “la tecnología ha provocado un distanciamiento entre el hombre y el cosmos”, concluye Belmonte.

Por Daniel Medavilla
Fuente: www.publico.es

 

El Loto Azul era llamado Seshen por los antiguos egipcios
El Loto Azul era llamado Seshen por los antiguos egipcios
 
El Loto Azul del Nilo, también conocido como Loto Sagrado del Nilo, no es un loto sino un nenúfar. Tampoco es azul, color que no existe en los nenúfares, sino violáceo.
Su verdadero nombre es Nymphea caerulea y es una especie originaria del norte y centro de África. La flor de este nenúfar tropical diurno tiene forma estrellada, pétalos violáceos en la punta que se aclaran hasta casi el blanco en la base, sépalos blancos y estambres amarillos con puntas violáceas. Los antiguos llamaron al loto azul Seshen.
Otro de los lotos que adornaban los estanques egipcios era el loto blanco o Nymphea lotus. En cambio el loto rosado, el Nymphea nelumbo, hizo su aparición en Kemet recién durante el Período Tardío, traído quizás por los persas. Puede que la importación tan tardía de esta flor sea la razón por la cual no tuvo ningún significado más allá del decorativo.
El loto azul en cambio tuvo un marcado carácter solar y fue símbolo de vida y renacimiento; mientras que el loto blanco se relacionó con el Disco Solar Nocturno. El loto azul fue el elegido por los egipcios como flor heráldica del Alto Kemet, el Valle, y símbolo del sur. El papiro tomó el lugar de representante del norte, siendo la planta heráldica del Bajo Kemet, el Delta.

Los egipcios no pasaron por alto una peculiar característica de esta planta acuática que pululaba en las orillas del Nilo; la flor una vez que se cerraba comenzaba a sumergirse a las últimas horas de la tarde, pasando la noche bajo las aguas y resurgiendo a la mañana siguiente para volver a abrirse con los primeros rayos de sol, orientándose hacia el Oriente.
Esta planta debe entenderse como un símbolo que reúne en sí tres elementos naturales: el fuego (es una planta solar), el aire y el agua. Según la mitología nace y se alimenta de las aguas del Nun, a las cuales regresa cada noche, o sea, es una planta que vive tanto en el mundo visible como en el invisible (entendido como la Duat). Su raíces se nutren de las aguas primordiales donde se origina toda vida, mientras sus pétalos absorben energía del Disco Solar.

Es comprensible que el loto azul se convirtiera en un símbolo o arquetipo de renacimiento, puesto que es una flor que “muere” a la noche pasando a existir en el submundo, y “renace” al alba gracias a la energía solar. Su fuerte perfume era asociado al aire y al aliento de vida.
Los difuntos asimilados a Wesir, los akhu, son los primeros que se benefician de esta simbología. En las paredes de las tumbas antiguas se solía representar una escena del mundo invisible: el banquete funerario. Momento en que los difuntos benditos no sólo se alimentaban a sus kau con las ofrendas servidas en mesas frente a ellos, también se les proporcionaba flores de loto para que, al aspirar su perfume, recibieran el “aliento de vida” y se beneficiaran de este símbolo mágico. Se debe entender entonces que en el mundo invisible el perfume de loto azul proporciona “vida” a quien lo inhala y disfruta de su fragancia. Este fuerte perfume se asoció además con el dios Nefertum, cuyo símbolo es el Seshen.

Veamos ahora cómo el loto participa de la cosmogonía egipcia siendo un símbolo del Sol y la creación. En la ciudad de Hermópolis el mito cuenta que el Sol surgió por vez primera del interior de un loto azul que flotaba en las aguas del Nun. Este primer momento del Zep-Tepi se representa bajo la forma de un loto que, al abrirse, revela en su interior a un niño pequeño; es el joven dios Sol manifestado en su Nombre de Nefertum.

El nacimiento del Sol surgiendo del loto azul se simbolizaba en los templos mediante la ofrenda de un loto de oro, material relacionado con el Sol y el renacimiento (de ahí que la cámara del sarcófago se llamara “La Sala del Oro”, lugar donde se llevaba a cabo la regeneración del difunto).

Por otra parte, el hecho de que los rizomas y semillas de esta planta fueran capaces de soportar terribles y prolongadas sequías y rebrotar en cuanto regresan las aguas, la ligaron íntimamente a la idea de resurrección del culto wesiríaco y a los rituales funerarios. Los lotos aparecen como una de las ofrendas infaltables para los dioses y los difuntos. El Capítulo 81 del Libro de la Salida al Día incluye una fórmula que el Akh difunto ha de conocer para poder “transformarse en Seshen”, o lo que es lo mismo, para transmutarse en la imagen que tomó el Creador en su primera aparición. El texto en cuestión dice:

“Soy el loto puro que sale llevando al Luminoso, el que está unido a la nariz de Ra. He descendido a buscarlo para Heru. Soy el loto puro que brota de la pradera pantanosa.”

La representación de esta alegoría la encontramos en un busto de madera polícroma de la tumba de Tut-ankh-Amun. Esta pieza delicadamente tallada muestra la cabeza del Rey surgiendo de una flor de loto azul. No nos encontramos ante el Nisut, sino ante Tut-ankh-Amun-Nefertum, el dios Sol que emerge de las aguas primordiales rejuvenecido. Se trata entonces de una pieza de arte cuya finalidad era mágica y no decorativa, un heka para la renovación constante del difunto.

Por último comentar que el extracto de loto se mezclaba con vino para conseguir una bebida de efecto narcotizante; es por esto que en las escenas de banquetes funerarios es común encontrar  flores de loto adornando y perfumando las jarras de vino. Durante los mismos banquetes los egipcios se representaban manipulando frutos de mandrágora los cuales, mezclados con alcohol, tienen efectos sedantes. No resulta desatinado entonces pensar que utilizaran flores de loto con la misma finalidad (no olvidemos que el Nymphea lotus fue comúnmente usado como anestésico en la primera Guerra mundial cuando los opiáceos eran escasos)

 
Por Siathethert

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